EN EL ATARDECER,
CON JESÚS

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VII. CONCLUSION

 
 
47. Hemos señalado la gran preocupación de la Iglesia por los adultos mayores y, en especial, por quienes más necesitan asistencia hacia ellos y, de manera particular, por los más limitados y por quienes sufren pobreza. También alentamos la incorporación, en cualquiera situación en que se encuentren, de los adultos mayores en la vida de la Iglesia y en la sociedad. Queremos que esta acción de la Iglesia, frente a las diversas condiciones de los adultos mayores, sea más corresponsable y compartida por todas las comunidades cristianas e instancias de la Iglesia. Aquí se da, muchas veces, una conjunción con la Pastoral de los enfermos. Afortunadamente, ya se tiene una dimensión pastoral estructurada para el adulto mayor en las seis zonas pastorales territoriales y en la Pastoral social.
 
48. Porque crece el número de adultos mayores, por el progreso de la ciencia y de la medicina - un hecho positivo de la cultura actual - se hace más urgente que todos nos preocupemos de esta asistencia, comprensión y respeto a los adultos mayores. Y destacamos la gran reserva espiritual de santidad que la Iglesia siente con ellos.
 
49. También propiciamos el protagonismo que tienen en su existencia los adultos mayores cuando les resulta posible vivirlo y asumirlo. Y para ellos es un deber importante esta responsabilidad, y en particular frente a otros adultos mayores que se encuentren en situaciones muy difíciles en su vida. Por otra parte, hasta los que se encuentren aun en condiciones de mayor limiación, hasta inválidos, tienen inmensas posibilidades de protagonismo delante de Dios y de la Iglesia, aunque su testimonio sea silencioso. Cuando Jesús estaba clavado en la Cruz, en el Calvario, humanamente parecía que nada podía hacer, nada. Sin embargo, estaba haciendo lo máximo de su misión ofreciendo su vida por nuestra salvación. También un adulto mayor, como tantos otros enfermos, en esa situación de invalidez y de máximas limitaciones, en el silencio de su alma cuánto puede ofrecer cada día a Dios por sí mismo, por sus hermanos, por el mundo. Aquí se ve claramente, con una mirada de fe, lo que significa acompañar a Jesús. Y dentro de esas dolorosas circunstancias se tendrá igualmente un mayor acompañamiento de Cristo: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt.11,28-30). Este acompañamiento del Señor abre perspectivas inmensas para vivir en paz y junto a El esos difíciles momentos del atardecer de su vida.
 
50. Evangelizar, catequizar y servir a los adultos mayores es una tarea hermosa y fecunda para toda la Iglesia hoy día, para todos y cada uno de nosotros. Lleguemos a ellos como lo haría Jesucristo Nuestro Señor, quien, además, se identifica con el que sufre (cfr. Mt. 25,35 ss.) Y a la Santísima Virgen María le pedimos que nos haga crecer en ese amor como hijos de una misma familia para servirnos entre nosotros, y Ella es Madre de toda esta familia. Y una Madre se preocupa siempre más por sus hijos que más necesitan ayuda.
 
51. Finalmente, ruego a todos los que tienen responsabilidades sociales y en la Iglesia, en las más diversas instancias, que acojan con buena voluntad esta Carta Pastoral para desarrollar una acción siempre más participativa en bien de los adultos mayores y así demostremos, con hechos, que buscamos un mundo más fraterno, más justo y según los valores del Evangelio. Eso llevará a que los adultos mayores, en sus diversas condiciones de salud y de situación socioeconómica, siempre vean un horizonte de esperanza en el atardecer de la vida, porque están con Jesús.
 
 

CARLOS CARD. OVIEDO CAVADA

Arzobispo de Santiago

 
Santiago, 7 de junio de 1997.

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