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Homilía Misa Crismal - Miércoles 17 de abril de 2019

El Espíritu del Señor está sobre nosotros

Queridos hermanos en el sacerdocio de Cristo, hermanas y hermanos en el Señor:

Fecha: Jueves 18 de Abril de 2019
Pais: Chile
Ciudad: Rancagua
Autor: Mons. Fernando Ramos Pérez

Justo cuando nos encontramos a mitad de la Semana Santa y a punto de entrar en el Triduo Pascual, momento litúrgico cumbre de la celebración del misterio central de nuestra fe, el Misterio Pascual, nos reunimos en la Iglesia Catedral de nuestra diócesis para celebrar la Misa Crismal. Esta celebración, unida tan fuertemente a este momento, posee además un doble significado que la constituye en una Misa muy especial: por una parte los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales y, por otra, consagramos el Santo Crisma y bendecimos el óleo de los enfermos y el óleo de los catecúmenos.

Los textos de la Sagrada Escritura que acaban de ser proclamados, vienen en nuestra ayuda para participar en este momento desde la Palabra del Señor. Escuchábamos en el evangelio según San Lucas el célebre episodio del ingreso de Jesús en la sinagoga de Nazaret, cuando le pasan el rollo del profeta Isaías y lee el mismo texto que hemos escuchado en la primera lectura, es decir, se trata del texto en que Jesús hace suyas las palabras del profeta, indicando que el Espíritu de Dios está sobre él para llevar a cabo una misión. Los estudiosos de la Biblia han llamado a este momento el discurso programático de Jesús.

En efecto, este pasaje del evangelio narra el inicio del ministerio público del Señor, después de su preparación en el desierto, donde experimenta las tres tentaciones de Satanás. Ahora cuando vuelve a Galilea y estaba comenzando a predicar en los pueblos de esa región, entra a Nazaret, lee el texto de Isaías y se propone como el ungido de Dios que va a cumplir una misión.
¿En qué consiste la misión de Jesús, según lo que él mismo recoge del profeta Isaías? Consiste en traer una esperanza que se basa en hechos concretos que modifican la situación existencial de abandono, dolor y sufrimiento que padece mucha gente: anuncia la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos y, finalmente, proclama un año de gracia del Señor.

Es lo que se anunciaba como esperanza mesiánica en el antiguo pueblo de Israel a través del profeta Isaías, con la diferencia de que Jesús excluye de su lectura las fuertes palabras que están en el texto de este profeta referidas al día de la venganza de Dios.

Si nosotros continuamos la lectura del evangelio, nos daremos cuenta que efectivamente así ocurrió en las palabras y actos que Jesús realizó especialmente en Galilea. A través de su cercanía, sanó a enfermos, dio la vista a ciegos, liberó a muchos de la esclavitud del mal, fue una buena noticia a los que vivían oprimidos en la pobreza y su vida entera fue un año de gracia del Señor, es decir, volver al momento memorable para el pueblo de Israel cuando logran entrar a la tierra prometida después de 40 años en el desierto del Sinaí.

Este diálogo entre el texto del profeta Isaías y el evangelio de Lucas nos ofrece un marco que ayuda a entender lo que estamos celebrando hoy. Jesús se nos muestra como el ungido o Mesías de Dios que comparte su misión con los que hemos sido consagrados. De hecho, al final de la primera lectura, del profeta Isaías, se dice que seremos llamados “sacerdotes del Señor” o “ministros de nuestro Dios”. Por este motivo, entonces, la realidad de Jesús ilumina también nuestro hoy, nuestra propia realidad.

Es cierto que nos ha tocado vivir un tiempo muy difícil para la Iglesia universal, chilena y también diocesana. Un tiempo particularmente difícil para los sacerdotes. Es cierto que algunos miembros del clero han cometido actos que son inaceptables; eso no lo podemos esconder ni negar: el pecado es pecado, el delito es delito y cada uno debe asumir las consecuencias de sus actos. Pero algo muy distinto es que se extienda una mancha de duda en todos los sacerdotes o que se les quiera cuestionar en su identidad y misión por el solo hecho de haber recibido el sacramento del orden. Esto ha producido en muchas personas un tránsito desde el cariño por los sacerdotes a la sospecha por ellos, produciendo en muchos presbíteros un sentimiento de ser cuestionados y criticados permanentemente.

Si miramos la vida de Jesús, también encontraremos situaciones similares e incluso peores. Algunos versículos más adelante del texto que acabamos de escuchar, las mismas personas que estaban admiradas por las palabras de Jesús después, al oír el mensaje universalista del Señor, se molestan con él y tratan de empujarlo desde la cima de un monte. De la admiración pasaron a la indignación; del cariño a la sospecha. Esta misma realidad acompaña nuestro ministerio sacerdotal, en la medida que lo vivimos unidos a Cristo; no podemos ser más que el Maestro.
Sin embargo, a pesar de nuestros dolores, tristezas y sensaciones de abandono, la Palabra del Señor es una palabra transformadora de nuestra realidad y de nuestra condición.

En primer lugar, también nosotros somos destinatarios del mensaje de Jesús. Somos objeto de su palabra y de su acción. Él viene a nuestra vida para liberarnos de nuestras esclavitudes, para sanar nuestros corazones desagarrados, para superar nuestras cegueras, limitaciones y angustias; viene para hacernos personas libres de cualquier atadura o complejo. Somos discípulos del Señor, el único Señor vivo y verdadero que es capaz de renovar todas las cosas del universo, incluso a nosotros mismos. Por eso, nuestra debilidad y fragilidad, dan paso a la grandeza y fortaleza de quien sabemos que es el Señor de la Vida y la Historia, y no se basa en nuestra fortaleza o capacidad personal, siempre ambiguas e insuficientes.

No obstante lo anterior, y en segundo lugar, escuchar las palabras de Jesús y contemplar su acción, permite que nuestro corazón se llene de gozo y entusiasmo. Nuestra vocación de presbíteros se basa en un llamado del Señor a estar con él y ser enviados por él. No somos enviados a hacer cualquier cosa, ni a repetir modelos o estilos ajenos al de Jesús. Somos enviados por Cristo a vivir lo que él vivió. De esta perspectiva, las palabras dichas por Jesús en la sinagoga de Nazaret se transforman en nuestras propias palabras. Por eso, no sólo somos objeto o destinatarios de lo dicho y hecho por Jesús, sino también somos sujetos con él de lo que él dice y hace.

Hoy en nuestras parroquias, comunidades y servicios pastorales volvemos a encontrar los mismos sueños, dolores, esperanzas y anhelos de las personas en tiempos de Jesús. Seguramente cambian algunas cosas, no en vano han pasado dos mil años. Pero la naturaleza humana sigue siendo la misma; las oscuridades que ensombrecen el corazón humano no son muy distintas a las que habían en la época del Señor. El ser humano que crece en su conocimiento y muta en muchos aspectos, finalmente sigue siendo el mismo en todo tiempo y lugar. Es allí donde estamos nosotros, con una esperanza renovada y un entusiasmo que brota desde la resurrección del Señor. No podemos desentendernos de las necesidades humanas; hemos de salir al encuentro de las miserias contemporáneas que golpean nuestra vocación.
Creo no equivocarme al sostener que, a pesar de lo que puedan decir de nosotros o de las sospechas que se agolpen en nuestras vidas, igualmente el Señor Jesús nos invita a dar un salto de cualidad, a dejarnos llevar por su Espíritu, el mismo Espíritu que lo llevó al desierto y que permaneció sobre él para presentarlo como el “ungido”, de manera que nosotros en el día a día de nuestro ministerio sencillo y humilde podamos dar testimonio de que realmente hoy se sigue cumpliendo la Escritura; sigue siendo realidad lo proclamado por Jesús en la sinagoga de Nazaret a través de lo que él opera en sus discípulos.

Al concluir estas palabras, quisiera pronunciar un berakah, una bendición a Dios, nuestro Señor, por el regalo que nos da, en particular a esta diócesis de Rancagua, por el ministerio de los sacerdotes diocesanos y religiosos que trabajan y dan su vida por las comunidades que sirven. Soy testigo del esfuerzo y entrega que hacen diariamente. Soy testigo de sus angustias y alegrías. Por eso doy gracias al Señor y le pido que derrame su abundante bendición y benevolencia por cada uno de ellos.
Que así sea.

+ Fernando Ramos Pérez
Administrador Apostólico de Rancagua