Homilía en la Misa de Exequias del Cardenal Jorge Medina Estévez

Por Felipe Bacarreza Rodríguez, Obispo de Santa María de los Angeles.

 
Jueves 07 de Octubre de 2021
Me siento muy poco cualificado para dirigir la palabra a esta asamblea en este momento solemne ante los restos mortales del querido Cardenal don Jorge Medina Estévez y expresar lo que fue su paso por este mundo. Son muchos los méritos y virtudes de don Jorge y su larga vida está constelada de anécdotas, que revelan su carácter, y de grandes servicios a la Iglesia en nuestra patria y también a la Iglesia Universal.

Si estoy aquí dirigiendo a ustedes estas palabras es porque él mismo lo dejó así establecido en su testamento. Para mí es ciertamente un honor, pero también una grande responsabilidad.

Debo decir que él mismo don Jorge me facilitó este grato encargo, porque prohibió absolutamente que se hablara sobre él en la Misa de su funeral:

«La homilía de la Misa exequial que se celebre en sufragio por el eterno descanso y la bienaventuranza sin fin de mi alma, no contendrá ninguna referencia a mi persona, ni a mi curriculum vitae, ni a las actividades que me tocó realizar durante mi vida, sino que versará sobre las verdades de la fe católica con respecto a la vida perdurable y a la necesidad de orar por la purificación de las almas de los difuntos».

Apenas supe la triste noticia del fallecimiento de don Jorge, llamé inmediatamente a Mons. Carlos Encina, que trabaja al servicio de la Santa Sede en la Penitenciaría Apostólica, para expresarle mis condolencias. Él es el sacerdote mas cercano a don Jorge, ha sido su secretario durante más de 19 años y tiene archivados todos sus escritos. Pensé que era el más apropiado para consultarle acerca de esa disposición testamentaria, porque él es quien mejor conoce a don Jorge; hablaba con él todas las semanas. Me dijo que era un deseo sincero de señor Cardenal, pero que no se podía dejar de mencionar su servicio a la Iglesia y su inmensa preocupación por la docencia.

No puedo, por tanto, dejar de destacar que don Jorge ha sido durante muchos años y, sobre todo, en estos años de tanta confusión y de fuertes remezones que ha sufrido la Iglesia un referente de fidelidad para muchas personas. Ante cada una de las noticias sobre defecciones e incluso escándalos en la Iglesia, que los medios se encargan de amplificar al máximo, me decía una persona sencilla: «Me basta con que el Cardenal Jorge Medina siga firme y fiel a Dios y a la Iglesia». En sus últimos años siguió siendo un testimonio silencioso y fiel.

Tal vez lo que más caracterizó su vida fue la actividad docente, asemejandose en esto al mismo Jesucristo, que por esto era llamado comúnmente «Maestro». Yo conocí a don Jorge hace más de cincuenta años, como un excelente profesor. Lo tuve como profesor de filosofía y de teología en mis años de formación en la Facultad de Teología de la PUCCh. Se debe notar, porque en estos días yo mismo he recibido el pésame de algún presbítero por el fallecimiento de quien fuera mi profesor. Era uno de esos profesores que marcan la vida de sus alumnos, por su gran claridad didáctica y por su coherencia. En muchas situaciones del ministerio y también en la actividad docente, que me ha tocado desarrollar a mí, me ha encontrado recurriendo a conceptos y explicaciones y también a ejemplos prácticos escuchados en sus clases.

Contrario a la imagen que a veces se ha difundido sobre don Jorge, él tenía un fino sentido del humor. Era excelente conversador. Sabía animar la conversación con muchas anécdotas y con mucha sabiduría, siempre procurando edificar. Siguió escribiendo hasta el fin de su vida, escritos con profundo sentido pastoral y catequístico. El Papa emérito Benedicto XVI, refiriendose al Cardenal Medina, cuando ya tenía más de 90 años, dijo ad mirado: «Ah, Medina, una publicación cada semana».

Fue redactor del Catecismo de la Iglesia Católica, que es ciertamente el documento de catequesis más importante en siglos de la Iglesia. Para encontrar algo semejante hay que remontarse al Concilio de Trento.

No he conocido a otro teólogo que tuviera un sentido teológico tan vivo sobre los Sacramentos. Dicen los redactores del Catecismo que esa parte fue redactada por él.

Después yo seguí el camino de los estudios bíblicos y cada vez que nos encontrabamos, con mucha humildad, me consultaba sobre algún punto interesante discutido: cómo había que entender un texto, cómo había que traducir una palabra.

Siempre me mandaba sus escritos y algunas veces me pedía que los revisara. En una ocasión, le sugerí una corrección, enviandole la explicación. Pero él no consideró acertada la sugerencia y no la incorporó en el escrito. Pero luego cambió de parecer y reconoció que yo había tenido razón. Después muchas otras veces volvió sobre el tema para reconocer que yo había hecho una sugerencia correcta. Lo recuerdo porque así era don Jorge.

Era un amigo extraordinariamente fiel. Pocas amistades se mantienen durante tanto tiempo, sobre todo, cuando se trata de un Cardenal.

Su espíritu se revela en la indicaciones que hace en su testamento sobre cómo deseaba que fuera la homilía. Así fue también en vida. Todo honor lo refería a Dios. No anhelaba cargos honoríficos y cuando los recibía, que recibió varios, no eran para él motivo de orgullo o vanidad.

Con lo que voy a decir, de nuevo, voy a transgredir sus indicaciones, pero no puedo omitir de decir que don Jorge ha sido el eclesiástico chileno que ha ocupado un cargo más alto en el servicio de la Iglesia, como Prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los Sacramentos. Después de la Secretaría de Estado y de la Congregación para la Doctrina de la Fe es el dicasterio más importante de la Curia Romana, porque es el que se ocupa del modo como debemos alabar a Dios y cómo Él nos comunica su vida divina y la salvación eterna.

Pero debemos hablar también sobre el cielo y la vida eterna para no faltar a la indicación testamentaria de don Jorge.

En la lectura que se ha proclamado de la carta de San Pablo a los tesalonicenses el apóstol resuelve un problema que angustiaba a los cristianos de esos primeros años: «¿Cuál será la suerte de los cristianos que hayan muerto cuando venga Cristo en su gloria, que hayan muerto antes de la Parusía?». La carta a los tesalonicenses es el primer escrito cristiano. Se debe datar en el año 50-51 d.C. y ya en esos años muchos de los primeros convertidos habían muerto. Hoy, después de todos estos siglos son más los cristianos que han muerto que los que aún peregrinamos por este mundo. Ese es el caso también e nuestro querido don Jorge. Pero puede ser que también nosotros, pasando los años, unos antes y otros después, nos encontremos también en ese caso. Nos interesa, por tanto, la respuesta del apóstol.

Los primeros cristianos sabían que Jesús había dicho a sus apóstoles con cierta insistencia, sobre todo, cuando ya se despedía de ellos, como lo hemos leído en el Evangelio que se ha proclamado: «Voy a prepararles un lugar en la casa de mi Padre; luego, vendré y los tomaré conmigo para que donde estoy Yo, estén también ustedes».

La insistencia en esa verdad por parte de Jesús se deduce de la pregunta que hace: «Si no fuera así, ¿les habría dicho acaso –se refiere a otras ocasiones anteriores y seguramente repetidas– que voy a prepararles un lugar?».

¿Cuál será la suerte de los que ya no van a estar en este mundo, cuando venga el Señor?

San Pablo responde: «Si creemos que Jesús murió y resucitó, del mismo modo, a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él. Esto lo decimos como Palabra del Señor».

Dos condiciones que cumplió don Jorge y de las cuales dio vivo testimonio: «Si creemos que Jesús murió y resucitó». Esto lo proclamó hasta los últimos días de su vida, celebrando diariamente la Eucaristía, que es el testimonio más vivo de esa fe.

Y también: «Los que han muerto en Cristo». Don Jorge murió como un ministro del Señor, con la plenitud del sacerdocio que lo hace contarse entre los amigos íntimos de Jesús.

Por si esto no fuera suficiente, el apóstol agrega: «Nosotros, los que vivimos y quedamos para su Venida –San Pablo pensaba en ese momento que él se contaría entre ellos–, no aventajaremos a los difuntos. Pues Él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire».

Por último el Apóstol corrobora esto declarando solemnemente: «Esto lo decimos como Palabra de Dios». Ese escrito, la 1Tes es inspirado por Dios y al concluir su lectura, con razón el lector dijo: Palabra de Dios.

Subrayemos la conclusión: «Y así estaremos siempre con el Señor».

Esta es la vida eterna, de la cual don Jorge quería que se predicara. La vida eterna consiste en «estar siempre con el Señor». Ya expresaba en otra carta este anhelo San Pablo: «Deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor» (Fil 1,23).

Esa promesa hizo Jesús personalmente al buen ladrón, quien por su testimonio en ese último momento de su vida mereció que le dijera: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

Es lo que han anhelado muchos santos. Hoy celebramos a uno de los más grandes, San Francisco de Asís. Para él la muerte corporal no era una perspectiva negativa. Al contrario, la trata con cariño dandole el nombre de «hermana»: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre puede escapar».

La anhelaba Santa Teresita del Niño Jesús, quien en su lecho de muerte, a los 24 años, decía a sus hermanas religiosas que estaban consternadas: «No, yo no muero; yo entro en la vida».

Para ella, esta vida terrena no es más que un preámbulo que da paso a la verdadera vida, la eterna junto con Cristo glorioso y junto con su Santísima Madre que está allá con su cuerpo glorificado.

Esta es la lección que nos deja don Jorge, la última clase de un gran profesor. Él también hablaba sobre la muerte con total serenidad y con la certeza de la vida eterna, la verdadera vida, la única vida para Jesús. De ahí su recomendación de hablar en su funeral sobre el cielo, aquel lugar donde Jesús nos precedió para ir a prepararnos una mansión.

Jesús todavía revela que la meta final es su Padre y concluye con las palabras que quiero concluir esta homilía: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí». Podemos asegurar que nuestro querido Cardenal recorrió ese camino en este mundo y podrá gozar de esa meta: Dios.

Fuente: Comunicaciones los Ángeles
Santiago, 07-10-2021