Prioridad pastoral Medio Ambiente

En su artículo mensual publicado en el diario El Día, el Arzobispo René Rebolledo se refirió al compromiso, respeto y cuidado que debe existir por la creación de Dios.

 
Jueves 02 de Enero de 2020
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El miércoles 1 de enero, primer día del año 2020, lo hemos dedicado en la Iglesia a Santa María, Madre de Dios. Es bello celebrar la primera Eucaristía de este nuevo año contemplando a María y venerándola bajo ese maravilloso título. En Nochebuena y Navidad, también en el Tiempo de Navidad, como a lo largo del año litúrgico celebramos siempre el misterio fundamental de nuestra fe, la resurrección del Señor. ¡Cristo es el centro! Sin embargo, en este primer día del año miramos a María. Es Ella la que nos presenta a su Hijo, comenzando con los humildes pastores de Belén (Cfr. Lc 2, 8. 12. 15 - 16) y prosiguiendo con los discípulos de su Hijo de todos los tiempos. Es impresionante como el arte ha resaltado a la Virgen santa sosteniendo a Jesús en sus brazos o sobre sus rodillas, indicándonos también en este modo la centralidad de su Hijo en la historia de la salvación.

Es bella la actitud de los pastores que nos describe Lucas: los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto; tal como se lo habían anunciado (Lc 2, 20). Aprendamos de este gesto señero, entrar también nosotros a un nuevo año, una nueva etapa de nuestra vida, glorificando a Dios con semejante entusiasmo. Confiemos en que aún hoy es posible ser testigos de la actitud de hermanas y hermanos que reaccionan favorablemente al anuncio, así como las gentes ante el relato de los pastores: todos los que oyeron se asombraban de lo que contaban los pastores (Lc 2, 18). Obviamente hay preguntas también para nosotros, los que anunciamos al Señor, si verdaderamente logramos comunicar a la gente de hoy la alegría del encuentro con Cristo, que ha señalado nuestras vidas para siempre: Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo (Aparecida, Documento Conclusivo, 29).

Este primer día del año la Iglesia es convocada a orar por la paz. En efecto, junto a la memoria de Santa María, Madre de Dios, celebramos la Jornada Mundial de la Paz. Este año, con el lema propuesto por el Santo Padre Francisco: La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica. Cada año el Santo Padre exhorta a los fieles católicos y a todos los hombres de buena voluntad a proseguir el camino de la vida por senderos de paz y justicia.

La paz es un don de Dios. Es el Señor Jesús el gran mediador de este preciado don: “Les dejo la paz, les doy mi paz” (Jn 14, 27). Como escribí, el mes pasado, en semejante columna: “Estamos llamados a agradecer este don y a pedirlo frecuentemente. ¡Jesús es nuestra paz! ¡Él es el único que puede ofrecernos la paz que necesitamos! Su amor por nosotros es su paz, la que Él nos deja. Él es quien nos convoca a renovarnos en la conciencia de hijos de Dios y hermanos entre nosotros, por tanto, a vivir como tales, compartiendo el camino de la vida, custodiándonos, apoyándonos y potenciando tanto lo mejor de cada uno, como valorando el aporte imprescindible de todos a la edificación de la ciudad terrena. Sin duda, la paz favorece un progreso y desarrollo equitativo, justo, respetuoso de los demás. Si a alguien privilegia es precisamente a los más pobres, desvalidos y carenciados”.

En compañía de la Virgen santa, bajo la perspectiva promisoria de un nuevo año celebrando la Jornada Mundial de la Paz, afrontamos como Iglesia que peregrina en la Arquidiócesis de La Serena la prioridad pastoral Medio Ambiente, todos conscientes que también este aspecto de vital importancia contribuye en gran medida a promover la paz entre los pueblos y en nuestra región. Profundo, de grandes perspectivas y siempre actual es este maravilloso pasaje que nos dejara la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (cfr. Aparecida, 470 – 475). Basta, para el propósito que nos convoca, citar este maravilloso pasaje: como discípulos de Jesús, nos sentimos invitados a dar gracias por el don de la creación, reflejo de la sabiduría y belleza del Logos creador. En el designio maravilloso de Dios, el hombre y la mujer están llamados a vivir en comunión con Él, en comunión entre ellos y con toda la creación. El Dios de la vida encomendó al ser humano su obra creadora para que “la cultivara y la guardara” (Gn 2, 15). Jesús conocía bien la preocupación del Padre por las criaturas que Él alimenta (cf. Lc 12, 24) y embellece (cf. Lc 12, 27). Y, mientras andaba por los cominos de su tierra, no sólo se detenía a contemplar la hermosura de la naturaleza, sino que invitaba a sus discípulos a reconocer el mensaje escondido en las cosas (cf. Lc 12, 24-27; Jn 4, 35). Las criaturas del Padre le dan gloria “con su sola existencia”, y, por eso, el ser humano debe hacer uso de ellas con cuidado y delicadeza”.

En el nombre del Señor entramos en este nuevo año, afrontando el gran desafío que nos hemos propuesto en comunidad, confiados de que nuestros esfuerzos contarán con la bendición del Señor. Es cuanto le pedimos a Él y a su santa Madre, que es también nuestra Madre.

Fuente: Comunicaciones La Serena
La Serena, 02-01-2020