Semana Santa

En su artículo mensual publicado en diario El Día, Arzobispo de La Serena reflexionó sobre este especial tiempo.

 
Sábado 13 de Abril de 2019
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El 14 de abril, con la tradicional celebración del Domingo de Ramos, el pueblo católico inicia las celebraciones de Semana Santa, días de oración y reflexión de los acontecimientos fundamentales en la vida de Jesús, por tanto, también días centrales para nosotros, que somos sus discípulos misioneros, bautizados y confirmados, partícipes de su misterio. La también conocida como Semana Mayor concluirá el 21 de abril, Domingo de Pascua, resurrección del Señor.

Son días santos, porque al centro está Cristo y los misterios centrales de su vida: pasión, muerte y resurrección. Sus discípulos, aún veintiún siglos después de los acontecimientos que señalaron su vida para siempre, los celebramos en comunidad porque también para nosotros han cambiado definitivamente nuestra existencia. ¡Sí, para siempre! Por ello, son los días más grandes en el camino y en la vivencia de la fe.

En estos días estamos llamados a contemplar la entrega del Señor por nosotros. Profesamos en el Credo: padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos. Esta entrega generosa, sin límites de nuestro Señor, es, como también profesamos en el Credo: por nosotros y por nuestra salvación. Por ello, el evangelista Juan, nos ha dejado esta maravillosa expresión del mismo Señor: “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que quien crea en Él no muera, sino tenga vida eterna” (Jn 3,16).

A este amor infinito del Señor somos invitados a responder con sentimientos de gratitud. Por eso le acompañamos, cada uno desde su motivación espiritual, pero también como cuerpo eclesial en una visible participación en comunidad que es fundamental. Es la comunidad de los creyentes la que celebra Semana Santa. Loable es la participación en familia y en todos los actos, puesto que las celebraciones litúrgicas nos conducen desde la entrada triunfante en la ciudad de Jerusalén, que rememoramos en Domingo de Ramos, hasta el triunfo glorioso del día de Pascua, la resurrección del Señor.

El Domingo de Ramos la comunidad se sitúa en las puertas de Jerusalén para aclamar al Señor, siguiendo el relato bíblico, y para manifestarle la disposición de no abandonarlo en su camino de cruz que Él seguirá como humilde Cordero dispuesto a la entrega y al sacrificio.

El día Jueves Santo es una jornada entrañable para la comunidad cristiana. Es el día en que el Señor instituyó la santa Eucaristía, nos dio ejemplo de servicio generoso y humilde y constituyó a sus apóstoles sacerdotes, vale decir, mediadores para la celebración de su Palabra y de los santos sacramentos. Se renueva cada año en esta hermosa celebración el profundo agradecimiento al Señor por el don de la Eucaristía y del sacerdocio, permaneciendo en oración aún después de la celebración, en agradecimiento porque Él ha querido quedarse entre nosotros, en su Cuerpo y en su Sangre, comida y bebida, alimento del pueblo peregrino hasta el banquete prometido en la Casa del Padre.

El día Viernes Santo concurren miles de fieles a participar en sus respectivas comunidades del Vía Crucis. La motivación es, sin duda, el acompañamiento fiel a Cristo por el camino que lo lleva a la cruz. Él asocia a su pasión dolorosa a las hermanas y hermanos que por una u otra razón están sufriendo en sus hogares o en hospitales, clínicas, centros de reclusión, casas de acogida para adultos mayores, entre otros.

La Semana Santa tiene su culminación en el anuncio que el Señor ha vencido al dolor, el sufrimiento y la muerte. Él ha resucitado y vive para siempre. No existe en la historia otro acontecimiento comparable a la resurrección del Señor. Si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es ilusoria, y sus pecados no han sido perdonados (1Cor 15, 17). Mas, sin embargo, el apóstol Pablo anuncia con gran convicción: Cristo ha resucitado de entre los muertos, y resucitó como primer fruto ofrecido a Dios, el primero de los que han muerto (1Cor 15, 20).

Los bautizados y confirmados somos hijos de la resurrección, vivimos a causa de ella y no celebramos otra cosa ni proclamamos otra verdad. Todo cuanto somos o hacemos, es porque Cristo ha resucitado. No tenemos otro anuncio para nuestros contemporáneos, sino compartirles el gozo de ser discípulos de Cristo resucitado. Desde esa verdad arrancan los valores y principios que constituyen nuestra identidad.

También la Semana Santa 2019 la viviremos, Dios mediante, bajo esta perspectiva. Nos proponemos acompañar a Jesús llenos de alegría, en la confianza que solo la fe nos puede dar: Y Dios, que resucitó al Señor, los resucitará también a ustedes con su poder (1Cor 6, 14). ¡Ésta es nuestra fe, ésta es también nuestra esperanza!

Fuente: Comunicaciones La Serena
La Serena, 13-04-2019