Descargar Archivo (PDF)

«Yo soy el camino, la verdad y la vida». Cristología de Juan para comprender el Documento de Aparecida

Reflexión presentada en la Primera Asamblea Eclesial. Centro de Peregrinos de Schoenstatt, 11 de octubre de 2007.

Fecha: Jueves 11 de Octubre de 2007
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Mons. Santiago Silva Retamales

Prólogo…

Se escogió como lema bíblico de la V Conferencia el pasaje de Juan 14,6: «Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan Vida. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6)». Dicho lema se encuentra repetidas veces en el Documento conclusivo de Aparecida [= DA]. La afirmación de Jesús nos da, por tanto, una buena base para aproximarnos a la cristología contenida en el Documento y, a la vez, iluminarlo con la revelación de Jesús contenida en el cuarto evangelio.

De la V Conferencia no podemos esperar un tratado de cristología, puesto que no era su finalidad, pero sí un sustrato cristológico (como “eclesiológico”, “sacramental”, “moral”…) que sustente la reflexión pastoral y sus propuestas.

El propósito de estas páginas no es más que proponer la cristología contenida en la sentencia de Jesús (Jn 14,6) con el fin de ayudar a entender mejor la cristología del Documento de Aparecida que tiene una incidencia directa en el discipulado misionero. Luego, deduciremos algunas notas distintivas de una espiritualidad centrada en Jesús en cuanto único y pleno Camino para alcanzar la Verdad y la Vida.

I- «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6)

1)- «Yo soy el camino…».

Texto que ilumina: Juan 16,28.

a- Hay otros “caminos”, pero uno sólo definitivo y pleno.
Para un judío del siglo I, el «camino de la vida» (Jr 21,8) -en sentido metafórico- consiste en obedecer de corazón la Ley de Moisés, practicar el culto y purificarse, llevando en todo una conducta que se ajuste a la voluntad de Dios. De este modo se alcanza el ideal de la religión judía: vivir en la presencia de Dios y en comunión fiel con Él. El otro “camino” posible es el que siguen los malvados quienes, por no conocer o por despreciar la Ley, se encuentran bajo la maldición (Jn 7,49), camino seguro de perdición (Sal 1,6).

b- El “camino” cristiano.
Cuando Jesús proclama que Él es “el camino” debió extrañar enormemente a su auditorio. Ellos, como buenos judíos, han escuchado toda la vida que el camino de la vida que conduce a Dios es el cumplimiento de la Ley. La Ley es el regalo de Dios en el Sinaí para su pueblo por medio de Moisés para que Israel viva en santidad en la presencia del Santo (Lev 11,44-45; Sal 119). Por la imposibilidad de darle, desde el Mesías y su enseñanza, un significado nuevo a Moisés y a la Ley que se leía en las sinagogas, muchos rechazaron a Jesús-Camino (Jn 5,39-40).

c- Juan 14,1-14 (DA, nsº 101-102).
El tema central de Juan 14,1-14 se contiene en el diálogo de Jesús con Tomás. Jesús les anuncia a los suyos que va a la casa del Padre a prepararles una morada y que no tienen por qué preocuparse, pues «ustedes ya saben el camino para ir adonde yo voy» (Jn 14,4). Tomás le responde que ni él ni sus compañeros saben adónde va y que menos conocen el camino para ir a donde va Jesús. Jesús, entonces, les dice que Él es «el camino, la verdad y la vida» (14,6). La segunda parte del pasaje (14,8-14) muestra las razones de por qué Jesús es “camino”. Si el Hijo salió del Padre y vuelve a Él (16,28), si ambos viven en permanente conocimiento (8,55) y en mutua comunión (10,38), al punto de ser ambos “uno” (10,30), significa que todo «el que me ve a mí, ve al Padre» (14,9) y que -por tanto- para conocer al Padre hay que reconocer a Jesús como su Hijo (14,7).
La Ley y las mediaciones judías establecidas para vivir en comunión con Dios quedan superadas porque la persona del Hijo las sustituye.

d- Jesús, sustitución de la antigua alianza y plenitud de la nueva.
Jesús es el camino, la verdad y la vida que sustituye el camino de la religión judía para encontrar a Dios y vivir en su presencia. Algunos ejemplos: las bodas de Caná, el Templo y los corderos para el sacrificio, las purificaciones con agua…
¿Cuál, pues, es para el discípulo de Jesús “el camino” para una vida en la presencia de Dios? Jesús nos responde, diciendo: «Yo soy el camino». Y lo hace con una fórmula («Yo soy») que remite a la revelación del nombre de Dios: «Yo soy el que soy» (Ex 3,14), con el que Yahveh (= “Él es”) da la certeza a Moisés de que quién lo envía a recatar a Israel de Egipto tiene por identidad “existir” para dar vida y libertad.

e- Jesús camino, clave de comprensión de toda realidad.
La importancia única e insustituible de Cristo para nosotros y toda la humanidad consiste en que Cristo es el Camino que nos conduce a la Verdad y la Vida. Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo no hay camino y, al no haber camino, tampoco hay verdad y vida por lo que «toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable» (BENEDICTO XVI en DA, nº 22). ¡Cristo, pues, es la Palabra que ilumina a todo hombre! (Jn 1,9).

2)- «Yo soy la verdad…»

Textos que iluminan: Juan 1,9 y 17,17.

a- La “verdad” para los griegos, para el AT y el NT.
Para el mundo griego, la “verdad objetiva” es la conformidad o adecuación del entendimiento con la realidad. Este concepto también lo emplean los israelitas, sobre todo los que reciben la influencia griega (1 Re 10,6; Sab 13,1-9; Rm 1,18-19). La falta de conformidad con la realidad es “la mentira” o “falsedad” (Rm 1,25).
Para el Antiguo Testamento, “la verdad” es Dios, pero en cuento es el único “sólido” o “consistente”, quien siempre es estable, fiel y perseverante (Ex 34,6). La relación con Dios-verdad no es ahora por la inteligencia, como para los griegos, sino que se basa en la entrega de la vida: en Dios hay que poner el ser como en roca segura y de Él hay que fiarse (Sal 18,1-4.32; 40,3; 89,27). Dios es “la verdad” porque es “el consistente”, y no pasa, no muda su ser, ni cambia sus promesas de alianza. Es “la verdad” porque es digno de confianza. Lo que sale de Él (Palabras, oráculos, promesas, acontecimientos…) es también “verdad”. Lo contrario a “consistente” es lo inconstante, lo inconsistente, lo mentiroso en el sentido de vacío y vano, todas notas distintivas de los ídolos. Quien los adora vive en la mentira (Is 41,29; Sal 16,1-6).
Para el Nuevo Testamento, además de la fidelidad de Dios (Rm 3,3.7; 15,8), la “verdad” es el conocimiento revelado por Dios que otorga sabiduría a quien lo recibe con corazón limpio. Este «plan salvífico» o «proyecto salvador», Dios dispuso darlo a conocer y realizarlo por medio de Cristo, y esta es «la palabra de la verdad, la buena noticia que los salva» (Ef 1,9.10.13; ver 1,3-14).

b- La “verdad”, una forma de vida.
Si Dios es la verdad, ¿cómo se adquiere la Verdad? Por el cumplimiento fiel de la Ley, pues la Ley de Moisés indica como conducir una vida justa en comunión con Dios. Sin embargo, para el cristiano se adquiere aceptando y abriendo la vida al plan salvífico de Dios revelado y realizado por Jesucristo.
En ambos casos, la verdad tiene por consecuencia la estabilidad y orientación fundamental de la vida. Verdad y vida son inseparables para el mundo judío. La diferencia es que en el Antiguo Testamento la vida se conduce por la Ley, y en según el Nuevo por la comunión personal con el Mesías e Hijo de Dios. La parábola de la casa construida sobre roca o arena (Mt 7,24-27) ejemplifica bien los dos aspectos de la verdad: lo que permite una vida sólida para enfrentar con integridad la vida con sus crisis y conflictos es fundarla sobre Roca (= Dios); “la mentira”, en cambio, es la vida construida sobre fundamentos de arena (= ídolos), incapaces de hacer que algo sea sólido y fiel.

c- La “verdad” para Juan.
La “verdad” para Juan es -como para el NT- revelación del conocimiento de Dios que articula la vida en Cristo. Ya no es Moisés ni la Ley la que nos otorgan la “gracia” y la “verdad”, sino Jesucristo (Jn 1,14-17) enviado por el Padre. Jesús, pues, vino para revelar o dar testimonio de “la verdad” (18,37; ver 1 Tim 3,15).
Sin embargo, el hombre no hubiera conocido la revelación si Dios no “hace carne” su Palabra, es decir, si Jesucristo -su Hijo- no se hace uno de nosotros (Jn 1,14). Por lo mismo, la única forma de “conocer a Dios” es aceptar y escuchar la Palabra de Dios encarnada (8,47; 18,37). La Palabra de Dios hecha carne es la verdad en cuanto da a conocer al Padre y lo hace realmente presente. La Verdad es una Persona, Jesús, que -como Palabra que “dice” al Padre y como Hijo que “conoce” al Padre- sale a nuestro encuentro para ofrecernos la vida y el perdón del Padre. Si antes era el cumplimiento de la Ley lo que hacía que la vida se adecuara a la verdad, ahora es el mismo Jesucristo quien permite “hacer” la verdad, “pertenecer” a ella y vivir “en libertad” (8,31-32).
Un último sentido de verdad lo encontramos en el libro del Apocalipsis de Juan: los “misteriosos designios” que Dios ha dispuesto llevar a cabo al fin del mundo, designios que sólo Él conoce, pero que -en parte- se los manifiesta a sus elegidos (Ap 22,6).

d- “Yo soy la verdad”.
Cuando Jesús afirma «Yo soy la verdad» significa:
- “Yo soy” quien -como Hijo único del Padre celestial- hace presente en medio de los hombres la fidelidad de Dios a sus promesas de vida y salvación. Quien me sigue “es de la verdad”, es decir, se establece y subsiste -como en roca firme- en la Palabra cumplida del Padre para él.
- “Yo soy” quien -como Palabra hecha carne- viene de Dios y les da a conocer la intimidad y querer “del Padre”. Dicho conocimiento es “sabiduría acerca de Dios” que se adquiere por el seguimiento fiel de Jesús-Verdad, fuente para “hacer” o “vivir en la verdad”.
- “Yo soy” quien -como Cordero inmolado que abre los sellos del Libro (Ap 5-6)- manifiesta los juicios «verdaderos y justos» (16,7) sobre lo que va a sucederle al mundo, y sobre lo que Dios tiene preparado para quienes son fieles al Cordero inmolado.

e- El Espíritu de la verdad y el espíritu de la mentira.
Como se trata de bienes sobrenaturales es imposible acceder a la “verdad” en todos sus sentidos sin el Espíritu de la verdad enviado por el Padre, para que el discípulo del Resucitado alcance la verdad completa (Jn 16,13).

3)- «Yo soy la vida»

Texto que ilumina: Juan 3,35-36.

a- La vida nueva, obra de la Trinidad.
Llegado el tiempo oportuno, la Palabra de Dios, su Hijo, se hizo uno de nosotros (Jn 1,14; Gál 4,4; DA, nsº 102; 242) para hacernos partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4; DA, nº 348). Desde entonces, Jesucristo es la vida divina, la misma vida del Padre (Jn 14,23), ofrecida al discípulo con todo su poder de liberación y misericordia.

b- El Reino del Padre es Jesús de Nazaret: los Sinópticos.
Pocas veces se encuentra el concepto de “Reino de Dios” en Juan y, sin embargo, es el tema medular en los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). La razón es que Juan sustituye el concepto de “Reino de Dios” por el de “Vida del Padre” que es su Hijo Jesús. Es decir, la Vida que Dios ofrece corresponde más o menos al contenido de Reino de Dios en los tres primeros evangelios.
Según los inópticos, las palabras y acciones del Nazareno proclaman e inauguran el Reino de Dios, quien no busca reinar como “Rey”, sino como “Abbá” o “Padre” que, por el perdón y el don de su misma vida se hace «Padre nuestro» (Mt 6,9). Reina como Padre por la presencia y obra de Jesús en cuanto Él es su Hijo primogénito y amado. Jesús «es el Reino de Dios en persona: el hombre en el cual Dios está en medio de nosotros y a través del cual podemos tocar a Dios, acercarnos a Dios» (BENEDICTO XVI).

c- La Vida del Padre es Jesús de Nazaret: san Juan.
Según Juan, la Vida plena es el mismo Jesús (Jn 11,25; 20,31), puesto que en cuanto Hijo lleva en sí, por naturaleza, la misma vida de su Padre (5,26). Por tanto, se nos comunica la vida del Padre por la soberanía de Jesús en toda realidad (5,21), porque Él es Hijo del Padre y por eso, vida actual y divina, vida ofrecida a todos (universal) y tan eficaz que “reina” ya en nuestra vida terrena y limitada. El discípulo “aquí y ahora” goza de los bienes de Dios que algún día alcanzarán su plenitud (no son “otros” bienes;).
Jesucristo es criterio de discernimiento y valoración para todo creyente, porque Él es Vida que diviniza y humaniza, hasta que la alcancemos en plenitud. Jesús y todo lo que sale de Él (agua, palabra, pan, luz, Espíritu…) es fuente de vida eterna (Jn 3,16.36; 12,50).

d- El Señor resucitado, don de vida nueva para siempre.
El Resucitado es el mismo Jesús que caminaba por Galilea y que entregó su vida en la cruz por amor infinito. Los discípulos, por obra del Espíritu, confiesan a Jesús “Señor” porque ahora resucitado ofrece su vida para siempre como fuerza divina de victoria sobre el pecado, la muerte y sus causas. Sólo Él, por tanto, es «la Vida» (Jn 14,6; ver 6,33.68).
Porque Jesús es “Señor” ya victorioso es para siempre “pro-existencia salvífica” para el mundo, es decir, Vida del Resucitado que se ofrece como don a todos y que el Espíritu de la verdad hace actual y real (DA, nº 151; Documento de Síntesis de los aportes a la V Conferencia, nsº 96-97).

II- Discípulos misioneros

La segunda parte del Documento de Aparecida: «La vida de Jesucristo en los discípulos misioneros» (nsº 101-346), sobre todo el capítulo 4: «La vocación de los discípulos misioneros a la santidad» (nsº 129-153), nos ayuda a comprender la matriz bíblico-teológica del “seguimiento de Jesús”, es decir, su esencial “carácter discipular”.
La esencia de la vocación cristiana es su “carácter discipular”, esto es, la condición de seguidor de Jesucristo para vivir “en Él” como lo muestran las fórmulas de seguimiento: «Sígueme» (Mc 2,14; Mt 9,9), «ven y sígueme» (Mc 10,21), «vengan detrás de mí» (1,17). Los Obispos en Aparecida lo expresan del siguiente modo: «La naturaleza misma del cristianismo consiste en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo. Ésa fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones» (DA, nº 244).

Según el Documento de Aparecida, el carácter discipular integra -por lo menos- cuatro realidades espirituales, dones del Señor, que se necesitan unas a otras:

a- Vincularse a Jesús (DA, nsº 129-135).
b- Configurarse con Jesús (DA, nsº 136-142).
c- Ir en nombre de Jesús (DA, nsº 143-153).
d- Vivir en comunión (DA, nsº 154-163).

III- La espiritualidad que brota de vivir en Cristo camino, verdad y vida

El Documento de Aparecida nos habla explícitamente de seis notas distintivas de la espiritualidad cristiana: 1)- trinitaria; 2)- eucarística y centrada en la Palabra de Dios; 3)- de comunión y participación al interior de la Iglesia; 4)- de comunión y acción misionera en el mundo; 5)- de una espiritualidad para el mundo urbano, y 6)- para el mundo popular.

Queremos, sin embargo, esbozar una espiritualidad implícita en el Documento. Nos referimos a la que se deduce de la identificación, obra del Espíritu, con Jesucristo Camino, Verdad y Vida (DA, nº 137) o, dicho de otro modo, la que se deduce del seguimiento de Jesús en cuanto es el único y pleno Camino a la Verdad y a la Vida.

1)- De Jesús Camino…

Hacer el camino “cristiano” es transitar por Cristo-Camino, es decir, seguir sus huellas de Mesías e Hijo para vivir en la presencia de Dios y conocer al Padre. El concepto bíblico de “conocer” es comunión de vida y no conocimiento distante y objetivo de la realidad, como para la tradición griega.

Notas distintivas de la espiritualidad centrada en Jesús-Camino son:
el discernimiento o juicio cristiano y la sustitución o conversión
en vista a la comunión con Dios y con los hermanos y al conocimiento e integración de sí mismo.


Por el discernimiento o juicio cristiano se descubren las presencias actuales de Jesús para acogerlas. El discernimiento posibilita la sustitución o conversión la que, a su vez, exige dejar aquellos caminos de muerte que confunden, porque no son “las huellas del Señor”, y distinguir los caminos de vida que llevan al conocimiento de Dios y al encuentro con los hermanos. Caminos de vida eterna y plena para todos «son aquellos abiertos por la fe que conducen a la “plenitud de vida que Cristo nos ha traído: con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia humana en su dimensión personal, familiar y cultural”» (DA, nº 13). Esta espiritualidad requiere “ojos y oídos de discípulos” para escuchar y “hacer lo que Él nos diga” (Jn 2,5).

El discernimiento para quien escucha, verbo que también significa “obedecer” en la Biblia, se transforma en conversión permanente hacia “un centro” que integra la existencia, y la integra porque dicho centro no es uno mismo, sino Jesucristo, el hombre perfecto, que vive en uno.

El camino del conocimiento de Dios por Jesucristo es necesariamente camino hacia el conocimiento y purificación de sí mismo, puesto que el misterio del Verbo encarnado «aclara verdaderamente el misterio del hombre» (Gaudium et spes en DA, nº 107). Jesucristo es «el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre» (Oración V Conferencia).

Fruto de esta espiritualidad es una vida conducida siguiendo las huellas del Hijo del Hombre que lleva a una experiencia intensa de Dios como amor pleno que “integra” y “con-centra” la existencia. “Este camino” llama verdaderamente la atención de otros cuando es camino alternativo, por ser el camino de Dios, a las otras sendas o rutas humanas que no consiguen ni felicidad ni sentido.

2)- De Jesús Verdad…

Vincularse con cariño de amigo y hermano a Jesús-Verdad trae consigo particulares exigencias espirituales: hacer de Jesucristo la Sabiduría de Dios y vivir en creciente conocimiento y fidelidad a ella, puestos los ojos en la consumación de todo al fin de los tiempos.

Notas distintivas de la espiritualidad centrada en Jesús-Verdad son:
la confianza puesta en la Roca firme (Jesucristo) que Dios nos regaló y
el cultivo de la Sabiduría que, por integrar como fuente el conocimiento de Dios,
re-significa toda realidad en horizonte de trascendencia y plenitud.


La confianza es la entrega de la vida a Alguien que se ha manifestado siempre fiel y salvador. ¿Qué puede destruir mi vida si la “consistencia” y “fortaleza” del Hijo de Dios vence todo peligro? Ya el salmista cantaba: «Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recibirá» (Sal 27,10). La identidad o verdad de Dios es ser fiel.

En un mundo saturado de ciencia y técnica y carente de sabiduría, el discípulo misionero es testigo del sentido de la vida humana y de su vocación de eternidad. Lo es porque se abre a la Sabiduría de Dios, Jesucristo, Sabiduría que «no es de este mundo» (1 Cor 2,6), como la «sabiduría humana» (2 Cor 1,12). Dicha Sabiduría se adquiere cuando se pregunta a Jesús: «Maestro, ¿dónde vives?» (Jn 1,38), es decir, ¿dónde habitas Tú, que eres la Sabiduría? Si con anhelo se busca al Maestro, se obedece como discípulo a su «vengan y lo verán» (1,39). Hay que darse todo el tiempo necesario para “pasar el día” con el Señor. La Sabiduría se entrega cuando se la busca: «Radiante y perenne es la sabiduría: se deja ver sin dificultad por los que la aman y hallar por los que la buscan» (Sab 6,12).

El encuentro con esta Sabiduría que procede de Dios (1 Cor 1,30) suscita discípulos convencidos, quienes desbordan de gozo por haberse encontrado con el Señor y por estar con Él. La misión es precisamente desborde de ese gozo existencial, que nada ni nadie puede arrebatar.

El fruto de esta espiritualidad es la adquisición de las claves que iluminan la realidad y, por lo mismo, una vida inspirada en los sentimientos propios de un niño en los brazos de su madre (Sal 131,2). La confianza, el gozo y la esperanza caracterizan al discípulo de Jesús Verdad.

3)- De Jesús Vida…

Del encuentro con Jesús-Vida brota la filiación y la fraternidad, pues Jesús es la vida del Padre que llena la existencia de alegría y belleza.

Notas distintivas de la espiritualidad centrada en Jesús-Vida son:
la aceptación con gozo de la Vida, como hijos en el Hijo,
el servicio generoso de la Vida, como hermanos en el Hijo, y
la responsabilidad por la misión como extensión del gozo de participar de la Vida.


La vida es una buena nueva, un evangelio (DA, nº 106). La vida del Resucitado, por tanto, no puede cerrarnos al gozo de vivir, pues «quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo» (BENEDICTO XVI en DA, nº 15). La vida del Resucitado nos lleva a cuidar toda vida (DA, nsº 125-126).

La vida divina del Padre que el discípulo de Jesús goza en virtud del misterio pascual replantea substancialmente las relaciones interpersonales desde la soberanía de Dios como Padre pleno de vida y perdón. Esta experiencia de Dios Padre abre al discípulo-hijo a la vivencia de la fraternidad y al testimonio gozoso de la herencia paterna recibida, lo que lo lleva -por sobre todo hoy- a ser misionero de la vida y de la dignidad de la persona humana (DA, nº 6).

El gozo de la filiación y de la fraternidad, la confianza y la entrega a Dios como la preocupación afectiva y efectiva por pobres y marginados son características de esta espiritualidad. Como Jesús vida, el discípulo «sana enfermos, expulsa los demonios y compromete a los discípulos en la promoción de la dignidad humana y de relaciones sociales fundadas en la justicia» (DA, nº 112). Porque la Vida plena es para todos, los pobres y marginados tienen mayor derecho a ella.

El fruto de esta espiritualidad es la centralidad en la certeza de fe de que somos hijos de Dios y hermanos unos de otros. Las disposiciones espirituales son, por un lado, la escucha obediente al Padre contemplando al Hijo y, por otro, la solidaridad y la comunión fraternas.